un narco del Chapo Guzmán ordenó el ataque a Facundo cabral

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un narco del Chapo Guzmán ordenó el ataque a Facundo cabral

Mensaje  Adm el Miér Abr 13, 2016 10:44 pm

La emboscada: un narco del Chapo Guzmán ordenó el ataque donde mataron a Facundo Cabral

La increíble historia de El Palidejo, condenado a 50 años de prisión por el crimen del artista argentino.



"El Palidejo" Alejandro Jiménez, asesino de Facundo Cabral en Guatemala.

"Eso es la vida. Un constante tejer y destejer de vagas sombras, sin más sentido que la belleza". Facundo Cabral / El día que yo me vaya.

Algunas horas antes de la emboscada fatal, Facundo Cabral había estado hablando de la muerte.

Había terminado la última de las tres presentaciones que tenía contratadas en Guatemala con una actuación a sala llena en el teatro Roma de una ciudad impronunciable, Quetzaltenango, el 8 de julio de 2011. Ovacionado de pie por 3.000 personas, dijo de nuevo aquello de siempre. Su marca de hombre y artista: que repudiaba la violencia, y que creía en la gente sencilla. Palabras del trovador de No soy de aquí, ni soy de allá que ya había cumplido 74 años. Se puso de pie, dejó su guitarra a un costado, abrió las manos y murmuró, mirando al público: "De aquí en adelante, Dios decidirá...".



Después viajó hasta el hotel donde se alojaba y cedió a la insistencia del empresario que lo había contratado, un hombre llamado Henry Fariñas, quien lo convenció de llevarlo él mismo al aeropuerto La Aurora, donde el artista tomaría un vuelo a Nicaragua para seguir su gira por Centroamérica. Como casi siempre en Guatemala, hacía calor. Y pronosticaban lluvia. Quedaron en encontrarse a las 5 de la mañana en el lobby.

A la una y media de la madrugada, cuando Cabral recién se acostaba para dormir la última noche de su vida, la emboscada fatal ya estaba en marcha.

A esa hora -según las cámaras de la puerta del hotel Tikal Futura que fueron analizadas esta semana en un tribunal guatemalteco-, llegó la primera de las dos camionetas que esperarían allí cuatro horas hasta que Fariñas y Cabral salieran hacia el aeropuerto.

En ese trayecto los alcanzarían en una calle céntrica -la avenida Liberación-, y se les cruzarían adelante para acribillarlos. El blanco del ataque era Fariñas, quien resultó apenas herido. Pero su acompañante casual, el artista argentino, recibió dos tiros en la cabeza y otro en el tórax que terminaron con su vida en el acto. La camioneta atacada recibió 25 impactos de bala disparados de frente, desde ambos lados.

Los dos hombres que tiraron con armas automáticas de largo alcance, los otros dos que participaron de la emboscada y el que ordenó el ataque fueron condenados este último jueves a entre 50 y 53 años de cárcel, la máxima pena que contempla la ley guatemalteca.

El jefe, un personaje oscuro apodado "El Palidejo", había mandado a matar a Fariñas por una razón tan inverosímil como la mismísima muerte de Facundo Cabral en esas circunstancias: Fariñas quería venderle a El Palidejo un club nocturno en Costa Rica, pero no aceptaba la forma de pago que le proponía el interesado. Todo efectivo, en billetes de 20 dólares. Montañas de dinero narco. Fariñas contestó que él le vendía el local, pero que quería cobrar a través de una transferencia bancaria. El Palidejo lo tomó como una cargada. Y se enojó feo.

Fariñas probó entonces con otra oferta: un cabaret en Guatemala, pero siempre con el dinero depositado en una cuenta. El Palidejo sólo quería pagar cash, en billetes de 20, así que no hubo caso. Y se la juró.

¿Por eso lo mandó a matar? ¿Porque Fariñas le rechazaba la forma de pago de un club nocturno? Ese motivo lo dieron ambos bandos. La Policía agregó uno más: parece que a Fariñas se le había "perdido" un envío de droga que debía monitorear El Palidejo, aunque el episodio habría ocurrido un par de años antes del ataque en Guatemala.

Henry Fariñas no pudo estar la semana pasada en el juicio que terminó con la condena de quienes lo atacaron a tiros porque está preso en Nicaragua, donde cumple una condena a 18 años de prisión justamente por narcotráfico.



En esa causa cayó después de una investigación cruzada entre las justicias nicaragüense y guatemalteca que probaron, además, sus vínculos con el hombre que quiso verlo muerto justo la madrugada fatídica en que viajaba con Facundo Cabral en el asiento del acompañante.

Alejandro Jiménez González, El Palidejo, era el hombre de confianza del Cartel de Sinaloa en Centroamérica. El nexo que aseguraba las rutas despejadas para que la cocaína colombiana fluyera tierra arriba hasta México o bajara hacia el resto del continente, según indicara el dedo supremo del Chapo Guzmán. Eso era El Palidejo la noche en que quiso matar a Fariñas y mató a Cabral. El delfín del Chapo Guzmán en Centroamérica.



Cuando lo atraparon, en marzo de 2012, paseaba en lancha por las aguas diáfanas de Bahía Solano, en el Pacífico colombiano. A los comandos de la Armada Nacional de Colombia que se le acercaron les dijo que era un simple pescador, y que se llamaba Carlos Cardona Marín. Lo delataron sus tatuajes: una mirada intimidante en un bícep y una serpiente en el otro.

Colombia lo deportó luego a Guatemala, después de que este país le garantizara a Costa Rica, la patria original de El Palidejo, que no sería condenado a muerte. Su familia no fue a despedirlo. Tras una causa de lavado de dinero que involucró a su círculo íntimo -presuntamente, una fortuna que había que blanquear para El Chapo-, los padres y la esposa de El Palidejo abandonaron Costa Rica en 2011, con destino a Japón. Nunca regresaron.

“No tuve la oportunidad de ver quién nos disparó”, aseguró Fariñas en su declaración, que llegó grabada hasta Guatemala para los jueces que enseguida condenarían, además de a El Palidejo Jiménez, a sicarios de nombres que parecen extraídos de una novela del realismo mágico: Elgin Vargas, Wilfred Stokes Arnold, Juan Hernández y Audelino García Lima.

Todos ellos estuvieron la semana pasada, en el juicio de Guatemala, esposados, adentro de una jaula con cristales blindados que los mantenían aislados del público, los fotógrafos, y de una posible y temida venganza narco en la mismísima sala de audiencias.

La resolución del tribunal se basó en el testimonio de un "colaborador eficaz" -una figura similar a la del "arrepentido"-, llamado Josué Cerón. En su relato, Cerón expuso: “Después del atentado, los sicarios huyeron a la casa de Elgin Vargas”. Vargas siempre trabajó para El Palidejo.

Ni El Palidejo ni sus asesinos a sueldo aclararon nada. El hombre del Chapo Guzmán sólo oyó declarar a los testigos, y rió con ironía en varios pasajes del juicio. Tal vez haya sido un exceso de confianza, porque ahora su jefe mexicano también está preso.

El público festejó el fallo en su contra, y la gente común sintió que, en cierto modo, cerraba una herida de la que se sentía culpable: "Perdón al mundo por la muerte de Facundo", escribieron vecinos guatemaltecos en un gran cartel, aquella vez, dejando rosas blancas sobre una foto del artista en el lugar del crimen.

Uno de ellos recordó, esta semana, otra de las frases de Cabral: "Acepto todo, por caótico que parezca, porque son regalos que me acerca el azar. Y el azar sabe lo que hace".

No fue así aquella madrugada.
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